ARTÍCULOS
20
12
2017

Nuevas teorías sobre la fatiga

Cuando en un oscuro día de Oxford en 1954 Roger Bannister corrió la primera milla en menos de 4’, llevando al límite la capacidad de su cuerpo y desfalleciendo al cruzar la meta, se sintió, según sus palabras, “como una bombilla que explota”.

Esta sensación es la que unos investigadores estaban intentando provocar cuando pagaron a 30 voluntarios de la Universidad de Bangor para pedalear en un cicloergómetro a un ritmo determinado por tanto tiempo como ellos pudieran. Estos ensayos sobre el “tiempo hasta la extenuanción” son un método comprobado para medir los límites de la resistencia física, pero en este caso el experimento también tenía un componente psicológico oculto. Mientras los ciclistas pedaleaban, una pantalla enfrente de ellos periódicamente daba destellos de imágenes con caras de gesto feliz o triste en intervalos imperceptibles de 0,016 segundos – entre diez y veinte veces más cortos que un parpadeo-. Los ciclistas que habían visto caras tristes rodaron, de media, 22 minutos y 20 segundos. Los que habían visto caras felices pedalearon durante 3 minutos más y reportaron menor sensación de esfuerzo.

Chris-Froome-Team-Sky-pain-threshold-FTP-anaerobic-VO2-mountain-time-trial-climb-Criterium-du-Dauphine-2016-pic-Sirotti-1En un segundo experimento, los investigadores demostraron que palabras subliminares de ánimo (“Vamos”, “Ánimo”, “Energía”) podían aumentar el rendimiento de un ciclista hasta un 17% sobre palabras que alentaran el descanso (“Fatiga”, “Sueño”).

El estudio, publicado en la revista Frontiers in Human Neuroscience por Samuel Marcora, es la última pieza de un debate sobre la verdadera naturaleza de la fatiga. De acuerdo con este estudio, la fatiga es la “incapacidad de los músculos contráctiles de mantener la fuerza deseada”. Pero, ¿qué la causa?

A principios del siglo XX, los fisiólogos estudiaban la fatiga cortando los extremos de las piernas de ranas y estimulando eléctricamente sus músculos hasta que no podían contraerse más. En 1907, Frederick Hopkins demostró que los extenuados músculos de la rana estaban bañados en ácido láctico. Sus experimentos dieron comienzo a una larga – e incorrecta- explicación del fallo muscular. Los científicos de ahora saben que el lactato – la forma en que el ácido láctico se presenta en el cuerpo- realmente se transforma en energía para la contracción muscular en vez de inhibirla.

Sin embargo, la idea de la fatiga como una disfunción mecánica siguó persistiendo casi hasta la actualidad: “Debemos llegar a nuestra máxima capacidad de extraer oxígeno, la acidez de nuestra sangre se hace insoportable o la comunicación neuronal entre cerebro y músculos se hace más débil: de una forma u otra, se debe alcanzar un límite”.

Marcora cree que este límite probablemente nunca ha sido alcanzado – porque la fatiga es simplemente un balance entre esfuerzo y motivación, y la decisión de parar es una elección, no un fallo fisiológico. Se ha comprobado como factores que alteran la percepción o la motivación –como premios en metálico- pueden alterar el rendimiento, incluso sin cambios en la capacidad muscular. En los experimentos de caras subliminales, la frecuencia cardiaca y los niveles de lactato de los ciclistas se elevaron en igual proporción sin importar qué caras habían visto, indicando que nada había cambiado en su cuerpo. Según Marcora, sensaciones como el calor, la hidratación, las adaptaciones musculares… “No son  cosas irreales, pero su efectos son mediados por la percepción de esfuerzo”. En otras palabras, no te obligan a ir más lento, te hacen querer ir más lento – una diferencia semántica pero significativa cuando se trata de testar los límites de la capacidad humana-.

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Marcora llama esta teoría “Modelo Psicobiológico”. Es uno de muchos intentos, en la pasada década, de incorporar el cerebro al entendimiento de los límites de la resistencia. Esto no quiere decir que generaciones previas de científicos no tuvieran en cuenta la influencia de la mente en el rendimiento físico.

Consideremos, por ejemplo, el intento de bajar de 2h en la maratón. Ya en 1991, Joyner publicó un artículo en el cual se combinan los límites más altos de algunos aspectos del rendimiento humano para calcular el tiempo más rápido posible en una maratón. Lo fijó en 1h57’58”, casi 9’ más rápido que el record del mundo en esa época. Esta discrepancia la explicó así: “nuestro nivel de conocimiento sobre los determinantes del rendimiento humano es inadecuado”. En la maratón de Berlin de 2014, Dennis Kimetto, un antiguo granjero que empezó a competir en 2011, marcó el actual récord en un tiempo de 2h02’57”, aún 5’ más alto de las predicciones de Joyner.

¿Por qué la fatiga previene a atletas como Kimetto de cerrar esa brecha de 5 minutos? Una posibilidad, propuesta por Tim Noakes, profesor de la Universidad de Cape Town, es que el cerebro tiene un mecanismo inconsciente de seguridad que se activa para evitar que el cuerpo se acerque demasiado a los límites peligrosos. Noakes llama a este mecanismo el “gobernador central”. En su opinión, la fatiga es una emoción protectora más que un reflejo del estado fisiológico del cuerpo; su acción es preventiva e involuntaria. Por eso, si sales a correr en un día caluroso, tu ritmo es más lento desde el principio: no porque ya estés sobrecalentado, sino para evitar que lo acabes estando. Posiblemente, según Noakes, lo que separa a Kimetto de correr en 1h57’ es la autoprotección inconsciente.

 

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Autor: Manuel Sola Arjona

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